sábado, 12 de enero de 2013

CRISTO Y LA CREACIÓN- por Bruce R. McConkie



Bruce R. McConkie
El Señor espera que creamos y comprendamos la verdadera doctrina de la Creación: la creación de la tierra, del hombre y de todas las cosas vivientes. De hecho, tal como veremos, el entendimiento de la doctrina de la Creación es vital para la salvación. Hasta que obtengamos una verdadera perspectiva de la creación de todas las cosas, no podemos esperar esa plenitud de recompensa eterna que de otra manera podría ser nuestra. Dios mismo, el Padre de todos nosotros, estableció un plan de salvación por medio del cual sus hijos espirituales pudiesen regresar y llegar a ser como Él, y es el evangelio de Dios, el plan
del Padre Eterno, el sistema que salva y exalta, y consiste en tres cosas, las cuales son justamente los pilares de la eternidad: la Creación, la Caída y la Expiación.
Antes de siquiera poder empezar a comprender la creación física de todas las cosas, debemos saber cómo estas tres verdades eternas, a saber, La Creación, la Caída y la Expiación, están inseparablemente unidas.


Ninguna de ellas puede existir sola; cada una está vinculada a las otras dos, y sin el conocimiento de todas juntas, no es posible comprender la verdad respecto a ninguna de ellas. La salvación está en Cristo y nos llega por medio de su sacrificio expiatorio. La Expiación de nuestro Señor Jesucristo es el centro de la religión revelada; es la verdad que redime al hombre de la muerte física y espiritual introducida al mundo a consecuencia de la caída de Adán. Todo hombre resucitará porque nuestro bendito Señor murió y volvió a levantarse, siendo así las primicias de los que durmieron.

Es más, Cristo murió para salvar a los pecadores. Tomó sobre sí los pecados de todos los hombres con la condición de que se arrepintiesen. La vida eterna, el mayor de todos los dones de Dios, es accesible al hombre debido a lo que Cristo hizo en Getsemaní y en Gólgota. Él es la resurrección y la vida. La inmortalidad y la vida eterna son los frutos de la Expiación. El hombre no posee lenguaje o manera de expresar que pueda describir la gloria, maravilla y significado infinito del poder liberador de nuestro gran Redentor.




Pero recordad que la Expiación vino a causa de la Caída. Cristo pagó el rescate por la trasgresión de Adán. Si no hubiese habido una Caída, no hubiese habido una Expiación con sus consiguientes inmortalidad y vida eterna. De manera que, tan seguramente como la salvación llega a causa de la Expiación, así también la salvación llega a causa de la Caída. La inmortalidad, la procreación y la muerte tuvieron su origen con la Caída. Las pruebas y tribulaciones del período de prueba mortal comenzaron cuando nuestros primeros padres fueron echados de su hogar en el jardín de Edén. “Por motivo de que Adán cayó, nosotros existimos; y por su caída vino la muerte; y somos hechos participantes de misericordia y aflicción.”
(Moisés 6:48).
 Una de las declaraciones doctrinales más profundas que jamás se han hecho provino de los labios de
Eva, quien dijo: “De no haber sido por mi transgresión, nunca habríamos tenido potestad, ni hubiéramos conocido jamás el bien y el mal, ni el gozo de nuestra redención, ni la vida eterna que Dios concede a todos los que son obedientes.” (Moisés 5:11).





Recordad también que la Caída fue posible porque un Creador infinito formó la tierra, el hombre y todas las cosas vivientes de tal manera que pudieran caer. Esta Caída suponía un cambio de estado. Todas las cosas fueron creadas de tal manera para que pudiesen caer o cambiar, y así se introdujo el tipo de existencia necesario para poner en operación todos los términos del plan eterno de salvación del Padre.
La primera creación física de todas las cosas era de una naturaleza paradisíaca. En la época del Jardín de Edén, toda forma de vida existía en un estado más sublime y diferente del que actualmente prevalece.

 La Caída las llevaría a un nivel menor y uno en que podrían progresar. La muerte y la procreación aún tenían que presentarse en la tierra. La muerte sería la dádiva de Adán al mundo, y la dádiva de Dios sería la
vida eterna por medio de Jesucristo, nuestro Señor. De manera que, la existencia provino de Dios, la muerte vino de Adán, y la inmortalidad y vida eterna vinieron por intermedio de Cristo.

En el lenguaje preciso y elocuente de Lehi, todos los hombres están en un “estado de probación” debido a la Caída. Y “si Adán no hubiese transgredido, no habría caído, sino que habría permanecido en el Jardín de Edén.” Adán estaba entonces en un estado de inmortalidad física, lo que significa que habría vivido para siempre porque aún no existía la muerte. Y nuestros primeros padres no hubieran tenido hijos”. Se les hubiera negado la existencia de un período de prueba mortal y una muerte mortal, y es por medio de estas dos cosas, la muerte y las pruebas de la mortalidad, que se logra la vida eterna. Sin embargo, gracias sean dadas a nuestro Dios, “Adán cayó para que los hombres existiesen; y existen los hombres para que tengan gozo. Y el Mesías vendrá en la plenitud de los tiempos, a fin de poder redimir a los hijos de los hombres de la caída.” (2 Nefi 2:21, 26).

Sabiendo todas estas cosas con respecto al plan de salvación, estamos ahora en posición de considerar la Creación de esta tierra, el hombre y todas las cosas vivientes. Sabiendo que la Creación hizo posible la Caída, y que la Caída hizo posible la Expiación, y que la salvación misma ocurre a causa de la Expiación, estamos listos para poner el conocimiento revelado de la Creación en su debida perspectiva.

Nuestro conocimiento de la Creación es limitado. No sabemos cómo, por qué y cuándo de todas las cosas. Nuestras limitaciones son tales que no podríamos comprenderlas si se nos revelaran en toda su gloria, plenitud y perfección. Lo que se ha revelado es esa parte de la palabra del Señor que debemos creer
y comprender si hemos de ver la verdad de la Caída y la Expiación y así ser herederos de la salvación.
En algún momento en el futuro, el Señor requerirá más de sus santos con respecto a la Creación de lo que ahora requiere de nosotros.

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 “El día en que el Señor venga, Él revelará todas las
cosas”, nos instruye la revelación moderna, “cosas que han
pasado y cosas ocultas que ningún hombre conoció; cosas de la
tierra, mediante las cuales fue hecha, y su propósito y estado 
final.” (D. y C. 101:32-33).
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Hasta que llegue el Milenio, nuestra responsabilidad es creer y aceptar esa porción de verdad tocante a la Creación que se nos ha dado. Cristo es el Creador y Redentor de mundos tan numerosos que no pueden ser numerados por el hombre. En cuanto a sus proyectos infinitos y eternos de creación y redención, la palabra divina atestigua: “Y he creado incontables mundos”, dice el Padre, “y también los he creado para mi propio fin; y por medio del Hijo, que es mi Unigénito... Pero sólo te doy un relato de esta tierra y sus habitantes. “Tocante a todos los demás mundos creados por la mano del Señor, sólo sabemos que es su obra y gloria “llevar a cabo”, por medio del Redentor, “la inmortalidad y la vida eterna” de todos sus habitantes. (Moisés 1:33, 35, 39).

En lo que posiblemente sea la visión más gloriosa dada al hombre en esta dispensación, José Smith y Sidney Rigdon vieron al “Hijo, a la diestra del Padre”, y “oyeron la voz testificar que él es el Unigénito del Padre; que por él, por medio de él y de él los mundos son y fueron creados, y sus habitantes son engendrados hijos e hijas para Dios”. (D. y C 76:20, 23-24).

De manera que Cristo es el Creador y el Redentor, por Él fueron hechos los mundos, y por medio de su infinita Expiación, los habitantes de esos mundos son adoptados a la divina familia como sus co-herederos. Fue acerca de esta visión y como resultado de esta disposición que permite que los santos se conviertan en hijos de Dios, por medio de la fe, que José Smith escribió:




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“Y oí una gran voz que atestiguaba del cielo,
Él es el Salvador y el Unigénito del Padre;
Por Él, por medio de Él y de Él se hicieron
todos los mundos, aun todos los que se mueven
en los cielos tan amplios.
Cuyos habitantes también, desde el primero
hasta el último, son salvos por nuestro Salvador;
 y son, por supuesto, hijos e hijas
engendrados de Dios por intermedio de las
mismas verdades y los mismos poderes.”
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(Traducción libre; Milleniar Star, vol. 4, págs. 49-55).




La naturaleza infinita y eterna de la Creación y la redención está más allá del alcance de la comprensión humana. Agradecemos que el Señor nos haya dado esta vista fugaz de la sempiterna verdad relacionada
 con sus obras infinitas. Pero es esta tierra la que nos interesa. Son las verdades tocantes a “nuestra creación” las que nos marcarán la senda al esforzarnos por ganar la vida eterna.

Miremos, entonces, junto con Abraham, la gran hueste de “inteligencias nobles y grandes” en la existencia preterrenal. “Entre ellos” hay uno “semejante a Dios”. Él es el gran Jehová, el Primogénito del Padre. Le oímos decir a “los que se hallaban con él”, a Miguel y a una gran hueste de almas vivientes:



“Descenderemos, pues hay espacio allá,
 y tomaremos de estos materiales
 y haremos una tierra sobre la cual 
éstos puedan morar”.
 (Abraham 3:22, 24).




Al observar, escuchar y meditar, nuestras mentes se iluminan y nuestro entendimiento alcanza el cielo. Ciertamente Cristo es el Creador del futuro hogar de los hijos espirituales del Padre. Pero no obra solo; la Creación es un proyecto organizado y cada uno de los otros espíritus grandes y nobles desempeña su parte;
la tierra es creada de materia ya existente. Con toda certeza losm elementos son eternos, y crear es organizar.
A medida que la obra progresa, vemos el cumplimiento de lo que Dios le dijo a Moisés en los Diez Mandamientos:

  “En seis días hizo Jehová los cielos y la tierra, el mar, y todas las cosas que en ellos hay, y reposó en el séptimo día” (Exodo 20:11).

Es en cuanto a los acontecimientos creativos que se efectuaron durante cada uno de estos “días” a los que ahora haremos referencia. Pero, primeramente, ¿qué es un día? Es un período especifico; es una época, una serie de épocas, una división de la eternidad. Es el período entre dos acontecimientos que pueden identificarse. Y cada día, sea cual fuere su duración, consiste del tiempo necesario para sus propósitos.
 Una manera de medir el tiempo es aquel que un cuerpo celeste requiere para girar completamente sobre su eje. Por ejemplo, Abraham dice que “conforme a la manera del Señor”, un día consiste de “mil años”. Esto es “una revolución... de Kólob”, dice él, y está de acuerdo con la “manera de contar “ del Señor
 (Abraham 3:4).

No existe declaración revelada que especifique que cada uno de los “seis días” de los que se habla en la Creación fueron de la misma duración. Las tres narraciones con las que contamos son
la mosaica, la abrahámica y la que se presenta en los templos. Cada una de éstas tiene como origen al profeta José Smith. Las narrativas mosaicas y abrahámicas sitúan los acontecimientos creativos en los mismos días sucesivos.
Sugerimos estas narraciones de las Escrituras en nuestro análisis. La narración del templo, por razones que han de ser obvias a los que están familiarizados con sus enseñanzas, tiene una división distinta de los acontecimientos. Parece claro que los “seis días” se refieren a un período continuo y que no hay lugar alguno donde deban obligadamente colocarse líneas divisorias entre los acontecimientos sucesivos.
Las narraciones mosaicas y del templo tratan la creación física, o sea, la organización de materia a su forma tangible. No son relatos de la creación espiritual. Abraham nos da un anteproyecto de la Creación cuando habla acerca de los planes de los seres santos que efectuaron la obra creadora. Después de recitar los acontecimientos de los “seis días”, añade:


 “Y así fueron sus decisiones al tiempo que acordaron entre sí formar los cielos y la tierra.”
(Abraham 5:3).

Luego dice que cumplieron con su obra tal como lo habían planificado, lo que significa que también podemos considerar la narración abrahámica como una de la creación misma.




El primer día:





Elohím, Jehová, Miguel y una hueste de nobles y grandes participaron. “Los dioses” crearon los cielos atmosféricos y la tierra física. Estaba “sin forma y vacía”; en tal estado no podía servir de ningún propósito útil para la salvación del hombre. Estaba “vacía y desolada”; la vida no podía aún existir en su superficie; no era aún un lugar digno para ser habitado por los hijos de Dios. Las “aguas”de la gran “profundidad” estaban presentes y la oscuridad prevalecía” hasta que se dio el divino decreto: “haya luz”. La luz y la oscuridad entonces se “separaron”, y una se llamó “día”y la otra “noche”. Es evidente que nuestro planeta fue de esta manera formando como una orbe giratoria y colocada en su relación actual con nuestro sol. (Moisés 2:1-5; Abraham 4:1-5).




El segundo día:





En este día “las aguas” fueron “separadas”entre la superficie de la tierra y los cielos atmosféricos que la rodeaban. Un “firmamento” o una “expansión”llamado “Cielo” se creó “de modo que se separó las aguas que estaban debajo de la expansión, de las aguas que estaban sobre la expansión”.
Así, al ver el desarrollo de los acontecimientos creativos, parece haberse provisto que nubes, lluvias y tormentas dieran vida a lo que aún en el futuro crecería y moraría sobre la tierra.
 (Moisés 2:6-8; Abraham 4:6-8).



El tercer día: 




Este es el día en el cual comenzó la vida. En él “las aguas... debajo del cielo” fueron reunidas “en un lugar”, y
“la tierra seca” apareció. Lo seco se llamó “Tierra”, y las aguas se convirtieron en “Mar”.
 Este es el día en el que “los dioses organizaron la tierra para que produjese” pasto, hierbas, plantas y árboles, el mismo día en el que la vegetación, con todas sus formas tan variadas, en efecto nacieron de las semillas plantadas por los Creadores. Este fue el día cuando se dio el decreto para que el pasto, las hierbas, y los árboles sólo pudieran nacer de su “propia semilla”, y que cada uno, a su vez, podía reproducirse “según su especie”. Así es como se establecieron los limites del reino vegetal a manos de aquellos que crearon todo árbol y planta en su gran variedad.
(Moisés 2: 9-13; Abraham 4:9-13).


El cuarto día: 





Después de que las semillas, en su gran variedad, se hubieron plantado en la tierra, después de que éstas
hubieron brotado y crecido, después de que cada especie fue preparada para que produjese fruto y semilla según su género, los Creadores organizaron todas las cosas de tal manera que su jardín terrenal fuese un lugar bello y productivo. Ellos “organizaron las luces en la expansión del cielo” a fin de que
existiesen “estaciones”y una manera de medir “días” y “años”.
No hay ninguna forma de poder saber qué cambios se suscitaron entonces, pero durante este período el sol, la luna y las estrellas asumieron la relación actual que tienen con la tierra. Por lo menos, la luz de cada una de ellas comenzó a brillar a través de las nieblas que envolvían la recién creada tierra, a fin de que pudieran cumplir con su parte en referencia a todo tipo de vida que pronto habría de existir sobre la nueva orbe. (Moisés 2:14- 19; Abraham 4:14-19).



El quinto día: 





A continuación llegaron el pez, el ave y “todo animal viviente” cuyo ambiente natural son “las aguas”. Sus
Creadores los colocaron en la tierra recién organizada, y se les dio el mandato: “Fructificad y multiplicaos, y henchid las aguas en el mar; y multiplíquense las aves en la tierra”. Este mandato, así como el decreto similar que se le dio al hombre y que se aplicaba a toda vida animal, no podían entonces obedecer, pero pronto podrían hacerlo. En añadidura a este mandato estaba la divina restricción de que las cosas que habían sido creadas en las aguas sólo podían reproducirse “según su especie”, y que toda m“ave alada” podía reproducirse “según su especie”.  No se hizo ninguna provisión para que hubiese una evolución o cambio de una especie a otra.
 (Moisés 2:20-23; Abraham 4:20-23).




El sexto día:




El día culminante de la creación ya estaba en la mano. En las horas tempranas de ese día, los grandes Creadores hicieron “las bestias de la tierra según su especie, y el ganado según su género, y todo lo que se arrastra sobre la tierra, según su naturaleza”. Y se aplicaron las mismas restricciones procreativas sobre ellos que sobre toda forma de vida; ellos también han de reproducirse sólo según su género.

Todo aquello de lo que hemos tratado ya había sido creado, pero ¿qué del hombre?¿Se encuentra el hombre sobre la tierra? No. De manera que “los Dioses” habiendo consultado entre sí, dijeron: “Descendamos y formemos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza... De modo que los Dioses descendieron para organizar al hombre a su propia imagen, para formarlo a imagen de los Dioses, para formarlos varón y hembra”. Entonces hicieron tal como habían tomado consejo, y se llevó a cabo el acontecimiento creador más glorioso de todos. El hombre es la mayor creación viviente que existe, de acuerdo con la voluntad divina. El hombre es a la imagen y semejanza del Padre Eterno, y es a él a quien se da “dominio” sobre todas las cosas.

 A continuación, y para que Sus propósitos progresen eternamente, Dios los bendijo “varón y hembra”, a quienes Él había creado, y les mando diciendo: “Fructificad y multiplicaos, henchid la tierra y sojuzgadla; y tened dominio en los peces del mar, y en las aves del cielo, y en todo ser viviente que se mueve sobre la tierra”. Al llegar a su fin el “sexto día”, los Creadores, viendo sus labores creadoras con satisfacción, percibieron que “todas las cosas” que habían hecho eran buenas en gran manera”.

(Moisés 2:24-31; Abraham 4:24-31).

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Tal es la narrativa revelada de la creación. Nuestro resumen a combinado elementos de las narraciones mosaicas, abrahámicas y del templo. Es aquí donde el registro mosaico, las Escrituras dicen: “Así se terminaron los cielos y la tierra y todas sus huestes”. El Señor entonces descansó el “séptimo día”.
(Moisés 3:1-3).

¿Por qué nos dio el Señor estas narraciones reveladas de la Creación? ¿En qué forma nos ayuda este conocimiento a labrar nuestra salvación y centrar nuestro amor en Aquel de quien
somos y por quien todas las cosas fueron hechas?








Es evidente que no hemos recibido ninguna revelación que no necesitemos. Todo lo que el Señor hace lo hace con un propósito. Él espera que atesoremos Su palabra, que meditemos en nuestro corazón sus significados profundos y escondidos, y comprendamos su pleno significado.

 Aquellos que han logrado hacerlo saben que las narraciones reveladas de la Creación están diseñadas para cumplir dos grandes propósitos. Su propósito general es permitirnos comprender la naturaleza de nuestro
período de prueba mortal, un período en el que todos los hombres son probados “para ver si harán todas las cosas que el Señor su Dios les mandare”. (Abraham 3:25). Su propósito especifico es el permitirnos comprender el sacrificio expiatorio del Señor Jesucristo, el cual es la base esencial de la religión revelada.

Es justo decir que una simple recitación de lo que aconteció durante los “seis días” y agregar que el Señor descansó el “séptimo día” no aclaran, de por si, los propósitos de las narraciones sobre la creación. Así el Señor, tal como se registra en el capítulo 3 de la narrativa mosaica, continúa con la explicación del propósito y la naturaleza de la Creación. Se hacen comentarios respecto a la Creación, se revelan algunos hechos y principios sin los cuales no podemos imaginar lo que es la verdadera doctrina de la Creación. Estas declaraciones se introducen en la narrativa histórica para darnos su verdadero significado. No son recitaciones cronológicas, sino comentarios de los que ya se había expuesto en su orden consecutivo.
El Señor introduce su comentario tocante a la Creación diciendo que los acontecimientos de los “seis días” “son los orígenes del cielo y de la tierra, cuando fueron creados, el día en que yo, Dios el Señor, hice el cielo y la tierra”. (Moisés 3-4).

Así que todas las cosas han sido creadas, se ha concluido la obra y la narración es revelada; pero ésta sólo se puede comprender si se presentan algunas verdades adicionales, las cuales tienen que ver con la existencia preterrenal de todas las cosas y la naturaleza paradisíaca de la tierra y de todas las cosas cuando
primeramente salieron de las manos del Creador. Ambos conceptos están ligados en las mismas frases, y en algunos casos las palabras que se utilizan tienen doble significado y se aplican tanto a la vida preterrenal como a la creación paradisíaca. Así el Señor dice que creó “toda planta del campo antes que existiesen en la tierra, y toda hierba del campo antes que creciese... Y yo, Dios el Señor, había creado a todos los hijos de
los hombres; y no había hombre todavía para que labrase la tierra; porque los había creado en el cielo”. (Moisés 3:5).

Es claro que se habla de la existencia preterrenal de todas las cosas. Esta Tierra, todos los hombres, animales, peces, aves, plantas, todas las cosas todas han existido primero como espíritus. Su hogar fue el cielo, y la tierra fue creada para ser el sitio donde pudieran asumir la mortalidad.




“Porque yo, Dios el Señor, creé espiritualmente todas las cosas de que he hablado, antes que existiesen físicamente sobre la faz de la tierra”. Aplíquense estas palabras a la creación espiritual, por decirlo así, y se discernirá su veracidad. Sin embargo, tiene aún un significado mucho mayor. A estas palabras les sigue la declaración: “Pues yo, Dios el Señor, no había hecho llover sobre la faz de la tierra... y aún no había
carne sobre la tierra, ni en el agua, ni el aire; mas yo, Dios el Señor, hablé, y subió de la tierra un vapor, y regó toda la superficie de la tierra”. (Moisés 3:5-6).

 El Señor aquí hace una declaración tocante a los acontecimientos de los cuales se ha hablado, los acontecimientos de los “seis días”; la narración de la creación física, tangible o temporal que se describe en el capítulo 2 de Moisés. Allí dice que las cosas que así fueron hechas fueron creadas “espiritualmente” y que no estaban “físicamente sobre la faz de la tierra”, por las razones que ya se han citado.

Es aquí donde debemos introducir una declaración de nuestro décimo Artículo de Fe: “Creemos... que la tierra será renovada y recibirá su gloria paradisíaca”. Es decir, cuando la tierra fue primeramente creada, estaba en un estado tal como se hallaba en el jardín de Edén, donde no existía la muerte. Y cuando el Señor
vuelva y comience la era milenial, la tierra regresará a su estado paradisíaco. La tierra será renovada, se convertirá en un nuevo cielo y una nueva tierra donde reinará la rectitud. En aquel día, “no habrá pesar, porque no habrá muerte” como hoy la conocemos. (D. y C. 101:29).




Así aprendemos que la creación inicial fue una creación paradisíaca; la muerte y la mortalidad aún no habían llegado al mundo. No había carne mortal sobre la tierra para ninguna forma de vida. La creación ya había tomado lugar, pero la mortalidad, como nosotros la conocemos, todavía estaba en el futuro. Todas las cosas habían sido creadas en un estado de inmortalidad. Fue de este día que Lehi dijo: “Y todas las cosas
que fueron creadas tendrían que haber permanecido en el mismo estado en que se hallaban después de ser creadas; y habrían permanecido para siempre, sin tener fin”. (2 Nefi 2:22).



 Si no hay muerte, todas las cosas deben, por necesidad, continuar viviendo para siempre, sin conocer fin.
El cometario divino respecto a la Creación continúa, diciendo; “Y yo, Dios el Señor, formé al hombre del polvo de la tierra, y soplé en su nariz el aliento de vida; y el hombre fue alma viviente, la primera carne sobre la tierra, también el primer hombre; sin embargo, todas las cosas fueron creadas con anterioridad; pero fueron creadas espiritualmente y hechas conforme a mi palabra.” (Moisés 3:7).

 ¡Qué significado tan profundo tienen estas palabras! El cuerpo físico de Adán es hecho del polvo de la misma tierra a la cual los Dioses llegaron para formarlo. Su “espíritu” entra al cuerpo, como Abraham lo expresa. (Abraham 5:7). El hombre se convierte en un alma viviente, inmortal; el cuerpo y el espíritu son unidos; ha sido creado “espiritualmente”, así como lo fueron todas las cosas, porque no existía aún la mortalidad. Entonces Adán cae; comienza la mortalidad, la procreación y la muerte. El hombre
caído es mortal, tiene carne que es mortal, y es “la primera carne sobre la tierra”. Y los efectos de su caída recaen sobre todas las cosas vivientes; éstas caen también en el sentido de que se hacen mortales. La muerte entra al mundo, la mortalidad reina, comienza la procreación y los grandes y eternos propósitos del Señor siguen adelante.

Así, “todas las cosas” fueron creadas como entidades espirituales en el cielo; luego; “todas las cosas” fueron creadas en un estado paradisíaco sobre la tierra, es decir, “fueron creadas espiritualmente”, porque aún no existía la muerte. Tenían cuerpos espirituales formados de los elementos de la tierra a diferencia de los cuerpos mortales que recibían después de la Caída cuando la muerte entrara a formar parte de todas las
cosas. Los cuerpos naturales están sujetos a la muerte natural; los cuerpos espirituales, siendo paradisíacos en naturaleza, no están sujetos a la muerte. He aquí la necesidad de una caída y la mortalidad y muerte que la acompañan. Por esto explica la escritura: “Y yo, Dios el Señor, planté un jardín hacia el oriente de Edén, y allí puse al hombre que había formado” (Moisés 3:8)





Adán, nuestro padre, vivió en el jardín de Edén. El fue el primer hombre de todos los hombres en el día
de su creación, y el se convirtió en la primera carne de toda carne a consecuencia de la Caída. Debido a la Caída, todas las cosas cambiaron de su estado espiritual a un estado natural. Así leemos: “Y de la tierra, yo, Dios el Señor, hice crecer físicamente todo árbol que es agradable a la vista del hombre; y el hombre podía verlos. Y también se tornaron en almas vivientes.  Porque eran espirituales el día en que los creé”.
(Moisés 3:9; cursiva agregada).

En todo esto no existía tal cosa como la evolución de una especie a otra. La narración habla de “todo árbol” y de “todas las cosas”. Considerando todo ello como una unidad colectiva, la narración continúa, diciendo: “Permanecen en la esfera en que yo, Dios, los creé, sí, todas las cosas que preparé para el uso del hombre; y éste vio que eran buenas como alimento”. (Moisés 3:9).

El comentario del Señor respecto a la Creación incluye: “Y de toda la tierra, yo, Dios el Señor, formé a toda bestia del campo y a toda ave del cielo; ... y también fueron almas vivientes, porque yo, Dios el Señor, soplé en ellos el aliento de vida”. (Moisés 3:19).

También dice, hablando figurativamente, que Eva fue formada de la costilla de Adán. En aquel día, cuando la muerte ni las experiencias que nos prueban en la mortalidad habían entrado al mundo, “estaban ambos desnudos, el hombre y la mujer, y no se avergonzaban”. (Moisés 3:25).

Con respecto a la Caída en sí, se nos dice que el Señor plantó “el árbol de la ciencia del bien y del mal” en medio del jardín. (Moisés 3:9).

 A Adán y a Eva se les dio el mandamiento:

  “De todo árbol del jardín podrás comer libremente, mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás. No obstante, podrás escoger según tu voluntad, porque te es concedido; pero recuerda que yo lo prohíbo, porque el día en que de él comieres, de cierto morirás”. (Moisés 3:16-17). 

Nuevamente, la narración habla de manera figurativa. El significado de participar del bien y del mal es que nuestros primeros padres cumplieron con aquellas leyes requeridas para que sus cuerpos cambiaran de su
estado paradisíaco e inmortal a un estado de mortalidad natural. En el capítulo 4 de Moisés se nos da la narrativa de la Caída. Adán y Eva toman del fruto prohibido y la tierra es maldecida y comienza a producir cardos y espinos; es decir, la tierra cae a su estado natural actual. Se identifica a Eva como “la madre de todos los vivientes” (versículo 26), y ella y Adán comienzan a procrear “hijos e hijas”( Moisés 5:3).




De esta forma, el hombre es creado de tal manera que le es posible caer. Cae y así trae la mortalidad, la procreación y la muerte a fin de ser redimidos por el sacrificio expiatorio de nuestro Señor Jesucristo. Así es rescatado de la muerte física y espiritual que sobrevino al mundo con la caída de Adán a fin de lograr la inmortalidad y la vida eterna. La Creación, la Caída y la Expiación están unidas con un solo vínculo.

Estas verdades reveladas de la creación de todas las cosas son contrarias a muchas de las especulaciones y teorías del mundo. Son, sin embargo, lo que la palabra inspirada dicta y tenemos el deber de aceptarlas. Somos sinceros al admitir que nuestro conocimiento de la creación del universo, de esta tierra, del hombre, y de todas las cosas vivientes, es muy escaso –tal vez hasta podamos decir minúsculo- en comparación con todo lo que tenemos que aprender. Pero el Señor nos ha revelado tanto del
misterio de la creación como es necesario tener en nuestro estado de probación.

Él nos ha revelado las verdades básicas que nos permiten comprender la verdadera doctrina de la Creación. Esta doctrina es que el Señor Jesucristo es tanto el Creador como el Redentor de esta tierra y de todo lo que en ella hay, con la única excepción del hombre mismo; es que el Señor Dios mismo, el Padre de todos nosotros, vino a la tierra y creó al hombre, varón y hembra, a imagen y semejanza suya; es que la tierra y todos los demás fueron creados en un estado paradisíaco a fin de que pudiera haber una caída; es que el Gran Creador se convirtió en el Redentor a fin de rescatar a los hombres de los efectos de la Caída, y así llevar a cabo la inmortalidad y la vida eterna del hombre; es que la Creación, la Caída y la Expiación son los tres pilares de la eternidad; es que todos aquellos que aceptan a Cristo como Creador así como Redentor tienen la posibilidad de ser Coherederos con Él y de esa manera heredar todo lo que Su Padre tiene.


 Ciertamente Cristo es tanto el Creador como el Redentor, así como lo expresa la reproducción de mármol de la estatua de Bertel Thorvaldsen, llamada Christus, la que se encuentra en el centro de visitantes de la Manzana del Templo en Salt Lake City, Utah. Allí vemos al Creador en majestuoso mármol, parado en el centro de la eternidad. En el cielo raso acupulado y en las paredes circundantes están pintados los cielos
con sus innumerables orbes, todos en movimiento en un universo organizado. Al mirar lo que la mano del hombre ha creado, podemos percibir, en una pequeña manera, el milagro de la creación.


También vemos en la estatua las marcas de los clavos en aquellas benditas manos, las manos que sanaron y bendijeron, y también en los pies que anduvieron por las polvorientas sendas de la tierra que sus propias manos habían creado. Vemos la cicatriz en el costado herido de donde surgieron sangre y agua como señal de que la Expiación se había cumplido. Y nuevamente, nuestras mentes son abiertas, en una forma aún
limitada, y percibimos el milagro de la Redención.



Al meditar sobre la maravilla de todas estas cosas, nuestra vista y pensamientos descansan en la bella faz y sentimos aquel poder que nos llama con los brazos abiertos. Entonces aquella maravilla en mármol parece tomar aliento, cobrar vida y decir: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida”. (Juan 14:6). “Venid todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar”. (Mateo 11:28). Venid a mí y sed salvos. Venid,
heredad el reino preparado desde la fundación del mundo para todos los que me aceptan como Creador y Redentor. Venid, sed uno conmigo; yo soy vuestro Dios.


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( Este mensaje se publicó en la Revista Liahona de Septiembre 1983)



* MATERIAL COMPLEMENTARIO:


Breve explicación de Elder Neal A. Maxwell del quórum de los 12, a cerca de Cristo y la Creación:




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